la ciudad del teatro

Cada ejecución de un texto dramático o de una pieza musical es una crítica en el sentido más vital del término: Un acto de aguda respuesta que hace sensible el sentido. El crítico teatral por excelencia es el actor y el director que, con el actor y por medio de él, prueba y realiza las potencialidades de significado en una obra. La verdadera hermeneútica del teatro es la representación.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Atado y bien atado



El Estado de las cosas. El escritor y economista José Luis Sampedro exhibe a sus más de noventa años una extraordinaria lucidez y un ánimo contagioso por el hecho de vivir. Sampedro está enamorado y el amor lo mantiene vivo. Habla con extrema claridad sobre el "agotamiento del capitalismo", el sistema que, después de haber controlado los medios de producción con éxito, ha caducado. Escucho sus palabras y miro a mi alrededor; pienso en las personas que conozco, con las que en algún momento he compartido mi vida, por las que he querido luchar; en las cosas que me han movilizado en estos últimos años tan difíciles. Pienso en el Teatro, en el Cine, en la ficciones que uno construye para explicarse el mundo y entenderse mejor y comunicar a los demás sus propias contradicciones. En estos días, en los que la Educación y la Cultura se entienden como un lujo, un mero entretenimiento, reviso los patrones de mi conducta ética, el "cómo vivir", que necesariamente hay que replantearse cada  mañana, y la desolación amenaza con instalarse en mi escritorio y desbordarme. Hago memoria para desbloquear esta situación incómoda que corre pareja a la frustración. Recuerdo los momentos que he vivido, tanto o más complicados que los actuales, en este país nuestro que huele a podrido. Lo más fácil es culpar a los demás de la situación, pensar con determinación que no somos responsables de lo que ocurre, volcar nuestra rabia contra la clase política y la oligarquía financiera. Vomitar el rencor y el resentimiento. Durante los últimos treinta años nos hemos ido olvidando poco a poco (quizás tú no y tú tampoco) de nuestro pasado. Hemos vivido olvidando de dónde venimos, de la clase a la que pertenecíamos. En aras de nuestro progreso nos subimos al carro de los medrosos con la consigna de aprovechar cada oportunidad que se nos presentara. La gente de la Cultura hemos visto, algunos desde dentro, como evolucionaba el Estado y, no parecía haber nada ilícito en ello, como cambiaba al mismo tiempo nuestro comportamiento en esa relación simbiótica que se da entre sistema e individuo. Hemos querido integrarnos en el País de las Maravillas que se nos ofrecía y ahora, aunque siempre fue así, nos lamentamos. Los más afortunados, los más vivos, unos pocos, han encontrado su lugar bajo el sol. La mayoría siguen y seguirán en la sombra, porque el sol no da para todos. Cualquier iniciativa que la recién despierta Sociedad Civil quiera poner en marcha es aplastada sin solución de continuidad porque la Sociedad Civil se diluye en este capitalismo que Sampedro denuncia como caduco, pero al que todos hemos querido pertenecer, aunque fuéramos obreros, luchadores de clase, proletarios. Este es el Estado de las Cosas: protestamos contra el sistema que nos engulle porque nos impide disfrutar del escalón de clase que nos merecemos. Rechazamos el sistema pero a la vez deseamos mejorar nuestra clase dentro del propio sistema. Estamos viviendo un tímido enfrentamiento entre clases tan antiguo como el feudalismo, pero de la manera más hipócrita y autoaniquiladora posible. Solo hay señores y vasallos. La libertad consiste en admitir las reglas. Son las rentas de una democracia nacida con forceps que sirvió para que los oligarcas aceptaran un nuevo modelo de sistema, un cambio administrativo diseñado para perpetuar su hegemonía y la de la recién creada clase política. Esta es la herencia que hemos recibido y la que vamos a dejar a nuestros hijos. Todo atado y bien atado. 


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