Estoy sentada bajo este ciprés,
envuelta en el cielo brumoso que cubre tu valle verde, y quisiera ser árbol. Un
árbol con raíces fuertes, como los lazos invisibles que unen el corazón de un
ser humano con el lugar al que pertenece. Ahora llueve, con esos alfileres
finos y persistentes cuya caricia casi había olvidado después de tantos años de
ausencia de esta tierra. Estoy aquí sentada evocando el tiempo que pasé en
estos montes y una lágrima a punto de nacer se funde con una gota de agua para
ampliar como una lente el tamaño de las imágenes que hasta hoy no había querido
recordar. Estoy aquí sentada sin moverme, sin querer hacer nada para evitar el
dolor que me produce recuperar súbitamente la memoria, como si el tiempo, esa
dimensión inaprensible, se hubiera detenido el día que me marché. Ese día en el
que el miedo me puso alas para huir. Estoy sentada bajo este ciprés que protege la tierra donde descansa tu
cuerpo y miro tu imagen y la de mi padre en la fotografía que te robé de la
cartera la noche de mi huida. Tú sonríes y mi padre está detrás de ti y rodea
con sus dos brazos tu cintura llena de mí. Este es mi mayor tesoro, el
testimonio de que hubo un tiempo en el que los dos me amasteis. Estoy sentada y
estoy en paz y ya no puedo distinguir la lluvia del llanto y quisiera ponerme
de pie y rodar ladera abajo y luego volver corriendo hasta ti y sentir el calor
de tu pecho y abrazarte, ama. Este día en el que regreso a casa y tú ya no
estás.
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